Hola,
Escribo el último capítulo —espero que definitivamente— de mis andanzas con Mazda, y en especial con
GIL Automoción.
En capítulos anteriores comenté que
Mazda España se implicó bastante en el seguimiento de este incidente con el concesionario. Sin embargo, llegó un momento en el que me comunicaron que ya no podían obligar al concesionario a realizar más acciones.
Sinceramente, me quedé bastante sorprendido.
Según me explicaron, el siguiente paso habría sido comenzar a realizar reparaciones sistemáticas sobre diferentes elementos de la suspensión. Vamos, lo que en mi profesión llamamos
«prueba y error»: cambiar piezas hasta que, por eliminación, desaparezca el problema.
Ante esta posibilidad me negué. Les expliqué que prefería buscar yo mismo una solución y, por mi cuenta, localicé un taller de Torrejón con muy buenas valoraciones y comentarios en Google.
Me puse en contacto con ellos, les expliqué el problema y, sobre todo,
cómo se reproducía el ruido. Recordemos que únicamente aparecía al circular por carreteras empedradas o con una sucesión continua de pequeños baches, mientras que no se manifestaba en badenes, baches aislados ni en autopista.
Aquí hago un pequeño inciso.
Tengo la suerte —o la desgracia, según se mire— de que a unos 3 kilómetros de mi casa hay una calle con tantos baches que prácticamente parece una carretera empedrada.
El problema es que, durante todo el proceso anterior,
GIL Automoción se negó a desplazarse hasta allí para reproducir el ruido, alegando que ellos no realizan ese tipo de desplazamientos, aunque se encontrase dentro de la misma localidad.
Estamos hablando de unos
3 kilómetros y no más de cinco minutos de trayecto.
En cambio, cuando expliqué al nuevo taller dónde podíamos reproducir el problema, su respuesta fue sencillamente:
Sin problemas. Vamos allí y lo probamos.
Y así fue.
No tardamos ni 15 minutos entre ir hasta el lugar, realizar las pruebas, reproducir el ruido y regresar al taller.
Y aquí empieza la diferencia.
Dos días después me llamaron para que volviera a realizar otra prueba con ellos, nuevamente en el mismo lugar.
Llegamos, hicimos las pruebas y, para nuestra sorpresa,
el ruido ya no aparecía por ningún lado.
Me explicaron que habían revisado todos los elementos de la suspensión y que no habían encontrado ninguna holgura, desgaste, rotura o funcionamiento anómalo.
Eso sí, habían hecho algo muy sencillo:
reapretar todos los tornillos de los elementos de la suspensión, la cuna y demás elementos relacionados. No dejaron uno sin comprobar.
En total, fueron
150 euros y aproximadamente tres horas de mano de obra.
¿Es mucho o poco? Sinceramente, no lo sé. Pero después de toda la historia con Mazda, a mí me pareció un precio más que razonable, especialmente teniendo en cuenta que
el problema quedó solucionado.
Mazda: meses de espera + reparación autorizada + varias piezas/elementos intervenidos + el ruido sigue.
Taller independiente: 15 minutos para reproducirlo + revisión completa + reapriete de elementos + 150 € + problema solucionado
La prueba definitiva
A la semana siguiente me fui de vacaciones a Portugal.
Y allí, en muchos pueblos y ciudades, encontré precisamente lo que necesitaba para comprobar si la reparación había funcionado:
calles y carreteras empedradas.
No podía haber mejor banco de pruebas.
Y confirmado:
ni rastro del ruido de golpeteo metálico.
Después de meses intentando localizarlo, finalmente un taller independiente fue capaz de reproducirlo, localizar el problema y solucionarlo sin necesidad de sustituir piezas de manera sistemática.
Mi conclusión
A mi vuelta a Madrid me puse en contacto nuevamente con Mazda España para contarles cómo se había resuelto finalmente el incidente.
Y quiero dejar una cosa muy clara:
no les llamé para reclamarles los 150 euros ni para solicitar ningún tipo de compensación económica.
Les llamé para hacerles partícipes de mi experiencia y, sobre todo, para transmitirles mi preocupación por la deriva que puede tomar la imagen de una marca cuando la experiencia de postventa depende tanto del funcionamiento de cada concesionario.
Porque puedes fabricar un coche excelente —y sinceramente creo que Mazda los fabrica—, pero
la percepción que el cliente termina teniendo de una marca depende también, y muchísimo, de lo que ocurre cuando aparece un problema.
En mi caso, después de esta experiencia, la confianza en el servicio postventa ha quedado seriamente dañada.
Hasta el punto de que
la próxima revisión oficial del vehículo no la realizaré en Mazda, porque no tengo ningún servicio oficial cercano al que pueda acudir con la confianza suficiente. Y desplazarse a otra ciudad teniendo alternativas mucho más cercanas tampoco me parece razonable.
Y, evidentemente,
una vez finalizada la garantía, difícilmente volverán a verme el pelo por un concesionario oficial Mazda.
Es una pena, porque el coche me gusta y estoy muy satisfecho con él. Precisamente por eso resulta todavía más frustrante que una experiencia de postventa pueda terminar condicionando de esta manera la relación con una marca.
Me queda pendiente escribir la reseña de
GIL Automoción.
Después de todo lo ocurrido, y viendo además algunas de las experiencias que otros clientes han dejado publicadas (muchas demoledoras), creo que ya tengo bastante claro lo que voy a contar.
FIN.